Reflexionaba, por el centro de un parque urbano caminando, tratando de explicarme algunas situaciones que se me han hecho perennes en los últimos días “golpeando con la punta de sus pies los guijarros que se le atravesaban en su camino” diría Lao Tse, “pedaleando entre la niebla”, digo yo, hoy en la mañana fría. Mañana fría como todas las mañanas en los inicios de la primavera capitalina. La problemática reflexiva que me ocupaba, giraba alrededor de la relación dialéctica presente entre “interés” y “prescindencia”, para lo cual proponía la tesis que dice “La carencia de interés en un sujeto objeto o acción esta determinada por lo prescindidle o imprescindible que sea lo ofertado”. Cabía en la elucidación de la duda, un aserto que había quedado dando vueltas en mi mente ya por varios días, el cual estaba contenido en una frase que cada vez se viene haciendo más pertinente a mi problemática existencial, a saber: “la existencia de interés en el receptor determina el resultado del acto propuesto”. Ahora bien, la necesidad de la tenencia de un “bien” (cualquiera que este sea) está determinado por lo prescindible que éste sea para la obtención de un fin determinado, o sea, el logro de un objetivo existencial. Donde el alcance que tiene este fin, se encuentra determinado por lo prescindible o imprescindible que sea, para el logro del fin propuesto, aquel “bien”. Pero, si bien es cierto lo dicho, también cabe la posibilidad que lo apropiado que sea a la función requerida el “bien” acogido no importe, sino que tan sólo se le dote de importancia –y baste con ello- que lo adquirido venga sólo a cubrir la necesidad de lo demandado. Lo dicho anteriormente tiene mucha relación también, con la relevancia que ha tomado el uso social que apunta a que hoy sea más importante el parecer que el ser, adquiriendo una posición antagónica a la máxima aristotélica que proponía que las acciones no sólo deben ser correctas sino parecerlo. Pero, de pronto, en el transcurso de mi proceso reflexivo surgió la clave dilucidante de la problemática referida, en el proceso de razonamiento en que me encontraba inmerso había hecho una omisión: “Interés” y “necesidad” constituyen la díada fundamental de la teoría económica clásica, interés y necesidad determinan la relación dialéctica que se produce entre la oferta y demanda. Ciertamente, y sumo esta insolvencia a mis debilidades, el no haber tomado conciencia a su debido momento, cuando todavía era posible, de la concomitancia de esa ley básica de la economía humana con mi conflicto existencial.
Niña desnuda
al roce de mis labios,
retenida la pasión sólo por la trémula piel,
extraviada,
entregas tu palabra,
aroma de tu ser.
Beso tu cintura y la desnudez de tu cuello,
percibo el estremecimiento de tu respiración,
río salvaje, desbocado,
desde tus labios al centro de tu vientre,
hembra vital,
vespertina, tierra húmeda y ardiente.
Un volcánico útero,
del candorosos trigal de tu piel
el velado rubor usurpa.
Tu razón eclipsa un dolor,
medrosa de pecar en tu desabrigo de niña,
cuando tu cuerpo agitas,
espiga de trigo candeal,
grácil tibieza madura, morena, delgada y seminal,
telúrica fuerza febril de tempestead.
Buscan mis labios,
en pliegues de tu pecho,
humedad que tu cuerpo baña,
velo de temor y pasión.
naufrago en mi tormenta,
en el ámbar profundo de tu mirar me sumerjo,
abandono mis sentidos,
mis sentidos dejo zozobrar
para recalar en tu seno
y de tus pechos la vida beber.
El verbo de tu cuerpo,
deambulando tras el agua,
por tu vientre,
pasión nutricia y vital,
mis labios reiteran.
Extraviado en tu vehemencia,
por mi respiración insolentemente acariciada,
jadeante de tu desnudez cabalgar,
disputan mis besos.
a la cascada de tu cabello
de tus pechos, la maternal turgencia,
lucha que acaba por fundir,
feble,
exhausto,
el acero de mi ser, estallando en ti en mil universos de existencia.
Cual colibrí subyugado, agónico de sed,
del crisol de tus entrañas,
de entre tus muslos,
donde el placer cierto cristaliza en efímero y eterno mortal éxtasis,
gota a gota, bebo la láctea arropía de tu ser.
Recorrer Buenos Aires a la luz del tango, nunca pensé que podría ser, aún no logro convencerme a pesar que, la realidad que refleja el retrovisor del “Remisse”, me nuestra mi y a mi lado, tú.
La “26 de Julio”, el obelisco, un café con “facturitas”, para comenzar la mañana. Charlas arrimados, con tu cintura enlazada por mi brazos y mis labios en tu cuello, en un ángulo de la escalera del m”foller” esperando ver a Gasalla.
Despertarse el uno en la piel y la sonrisa del otro, invitados por el olor a café con leche que se cuela por la ventana del “cuartito azul” a andar los adoquines y las coloridas casas de La Boca. Cruzar San Martín, corriendo tomados de la mano, mientras en una disquería suena “Buenos Aires hora Cero” de Piazzola. Dejar que nos vean, con algo de envidia, en el acaramelado color del atardecer, Cortazar, Alberti, incluso Borges, caminar juntos entre palabras y papel.
Descansamos emociones en un café de la Recoleta para emprender la búsqueda a la luz de los faroles del 348 de Corrientes y, entre decepción y sonrisas, encontrar un galpón, oscuro, triste y desolado como un tango de Lepera. Besar en la decepción los labios del vino, mientras una arrabalera pareja, también ungida en aceite y vino, transita en al pista en busca de un rincón para la pasión que existirá en nosotros hasta dormirnos exhausto amanecer.
Escucho desde mi almohada el resbalar del agua por tu cuerpo y el aroma de hierbas del champú inunda la habitación, cuando el estridente trompetazo de la bocina de un vehículo en la calle me despierta, como todos los días, en mi cama
“Ciertamente que aquello que nunca se ha tenido no es posible de perderse, sin embargo, y no por ello es menos cierto, que aquello que se ha encontrado, no debe dejarse que se pierda”, esta proposición que implica un aserto, trae consigo una verdad lógica, lo cual la transforma en un presupuesto epistémico que hago mío con el fin de estructurar mi feble existencia. Tanto es así, que no dejar que se pierda aquello que he encontrado, ha conformado mi cotidianeidad.
Lo dicho me ha llevado a darme cuenta de que, a estas alturas, me encuentro desasido y desafectado, desencantado, despojado y desnudo, como antes de ser; y si bien esto puede que a algunas personas les conduzca a la desesperación, a mi sólo me introduce en la certeza de mi realidad la que, presurosamente, asumo.
Barrunto que el principio y el fin tiene un mismo origen y que a ellos les va la misma consecuencia, “la transeúnte y casi furtiva, veloz como un sollozo” sonrisa que te da la existencia. Que, como corresponde a su condición, de por sí veleidosa en su femineidad, ya que tan pronto te embruja, te desprecia, “te hace arcadas con el fin de expulsarte de la vida” Sin embargo, ¡Ay de mi! que en mortal agonía yazgo, victima de un embrujo letal, … armas mortales que (ella misma se ha encargado de hacer que tome habida cuenta), mi escudo rindieron” y que como dice el tango, ya “mi cuerpo enfermo no resiste más”, aunque en mi, es el alma, la que enferma no es capaz de resistir por mucho más (aunque en verdad, si así fuera, no tengo posibilidades de mantener funcionando, por mucho tiempo, este contenedor de el alma, vale decir, a mi mismo). Si en algún momento tuve alguna esperanza, estas se agotaron junto con la adquisición de la certeza que me dieron las experiencias vividas, a saber: que “la esperanza es un gran paño de lagrimas rasgado zurcido con palabras” y que he pasado toda mi vida esperando por lo que me toca, recibiendo palabras que son sólo eso, y como tales, pueden “escapar escalera abajo o quedarse enredadas en la cabellera, y llevadas por el viento”.
Alguna vez dije: “Ciertamente que aquello que nunca se ha tenido no es posible de perderse, sin embargo, y no por ello es menos cierto, aquello que se ha encontrado, no debe dejarse que se pierda”, creyendo que había encontrado mi sendero en esta existencia, sin embargo, resumiendo mi andar, caigo en cuenta que, la verdad nunca he tenido nada y tampoco logre encontrar algo, solo pispe aquellas realidades que, en su momento, pretendí aprehender. Cabe acotar, eso si, que reconozco que nunca estuvo en mi intención encontrar algo más que aquello que me permitiera caminar, y marcar las huellas de mis pasos por el sendero. No con el fin de dejar una impronta histórica, sino tan solo con el interés de hacer un legítimo testimonio de mi paso por la existencia, en otras palabras, mi intención, al parecer, siempre ha sido, “ponerme los zapatos y salir caminar por las hojas blancas”, pero, ahora me he dado cuenta que las hojas también se acabaron.
Despierta mi sonrisa a la cotidianeidad. Me pongo mis zapatos y salgo a caminar por las hojas blancas de un nuevo día ...
Es uso común en esta época del año, acabando las hojas del calendario (lo cual es un decir, puesto que los calendarios ya no traen hojas), que las personas también se propongan el cierre de ciclos, el cierre de etapas, el balance anual, la indagación de la certeza de haber logrado el equilibrio entre los egresos y los ingresos de su existencia.
Con la finalización del año, intentamos evaluar lo que fue su transcurso y pretendemos medir lo que hemos avanzado o retrocedido, lo que hemos crecido durante el período. El intento de determinar el avance del existir tan sólo en concomitancia a una medida de tiempo es, es un recurso común, intentar determinar que una etapa cumplió su ciclo en concordancia al tiempo transcurrido, también es un recurso de uso. Sin embargo lo relativa que es la medición categorial de tiempo transcurrido es el primer indicio de lo falaz que puede llegar a ser ese criterio.
El tiempo “es en sí” y cobra existencia en relación con espacio recorrido, es decir a movimiento, a existencia. De manera tal que medir el transcurso de los hechos o el pasar de nuestra vida en con relación a días, horas, años, segundos, y no en cuanto que tanto fuimos hacia delante, atrás, arriba abajo, nos puede inducir a errores de estimación. La correcta forma de medición de nuestro hacer, del impulso de nuestra existencia debe medirse en una dimensión espacio-temporal, es decir en su condición relacional.
Recordemos que somos seres arrojados a una existencia determinada sincrónica y diacrónicamente, puestos bajo el imperativo de “ser ahí” en el “ahí”, desde donde iniciamos nuestro “recorrido” existencial, lo que deviene en vida, en existencia misma, por lo tanto fundamentalmente somos seres dotado de movimiento, definidos espacio temporalmente, lo que determina la condición de finitud de la existencia del ser.
Ahora bien la construcción del ser por consecución de etapas no es un fenómeno independiente del hacer de la existencia del ser, por el contrario, es propio de suyo al proceso de evolución pertinente a su determinación ontológica. En este proceso de constitución de la existencia del ser, una etapa en específico no es independiente de las anteriores, así como tampoco de las siguientes, la evolución no priva de la necesaria dependencia del proceso de cada uno de sus movimientos de evolución, de cada una de las acciones participantes en la construcción del desarrollo del ser existencial.
Es como ocurre en la constitución que da existencia al estar (ser ahí) de una torta de naranja, la cual esta conformada por la presencia de un par de decenas de bizcocho suave y espumoso de clara de huevo y azúcar flor y, entre medio y uniendo cada una de ellas, la crema de naranja conformada por jugo de limón y naranjas, mantequilla, leche y azúcar floor. En ella (en la torta), cada una de las partes se debe al total (la torta,) y el todo (la torta) se debe a cada una de la partes (las capas y la crema de naranjas). Es decir, en la realidad existencia del ser humano, todo a aquello que ha concurrido a la dinámica de nuestro existir (sea esto bueno o malo), constituye parte de nuestra existencia y funda con ello la constitución de la etapa siguiente. Por lo tanto, etapas cumplidas, abandonadas y encerradas en cajas de cartón para ser guardadas en el ático de nuestra vida -asumiendo la condición de cachureos del alma- con la intención de exonerarlos, excluirlos, eliminarlos - cualquiera sea la razón de ello -, es como si quitáramos, excluyéramos, elimináramos, la capa numero doce de bizcocho con su correspondiente (superior e inferior) de crema de naranja de nuestra torta y la arrojáramos. Esta deconstrucción evidentemente eclipsaría nuestra torta llevándola al colapso, tal cual ocurriría en el edificio de nuestra existencia, si es que una vez terminado el edificio y habitado por sus moradores el piso trece, como ya se cumplió el fin (construir, vender, habitar), lo quitáramos y lo pusiéramos en otro espacio, perderemos los siguientes pisos construidos y los por construir, y mas de uno de los inferiores, que sufrirán daño o serán destruidos por el desplome de los superiores.
Este colapso y desplome del ser también sucede en nuestra existencia cuando pretendemos eliminar, intentando distinguir y clasificar como no existente a una de las etapas de nuestra existencia. Estas buenas o malas, cada una construye el ser y la vida mismas, y son ellas las que soportan lo que construiremos mas adelante, en otras palabras: constituyen las fundaciones de nuestro ser.
Tampoco es correcto que utilicemos la suma de contenedores donde hemos guardado nuestras etapas cumplidas, rechazadas y exoneradas de nuestra existencia, para hacer un soporte sobre el cual empinarnos en la existencia, dando a esta el uso de relleno sanitario en las grietas de alma, ya que al igual que estos, lo orgánico en tanto es vida seguirá su ciclo de existencia convirtiéndose en materia, que en algún momento aflorara convertido en molesto gas natural que enrarecerá el espíritu y nuestra existencia. Por lo tanto, usar como peldaños para seguir avanzando las etapas exoneradas contenidas en cajas de cartón, no es una buena decisión. Como tampoco lo sería intentar pararnos en la existencia sobre capas exoneradas y desechadas de bizcocho de torta de naranjas, ya que irremediablemente nos hundiríamos en una blanda, viscosa y dulce desesperación y por ello no menos conturbadora y desequilibrante de la existencia y del ser.
En conclusión, no basta con que determinemos a priori o en relación a una categoría temporal, que momento es propio para la finalización de un ciclo o de una etapa de nuestra existencia, sino es necesario dejar que esta complete su curso (o su dis-curso) siguiendo su desarrollo correspondiente, dando cumplimiento al orden asignado por existencia misma, de lo contrario, sucederá lo mismo que ocurre cuando queremos cerrar una sesión el computador, y tenemos enlaces abierto y tareas sin completar, no podremos encaminar la operaciones siguientes, tendremos que dar tiempo de espera para finalizar las tareas, las tareas pendientes siempre estarán dificultando el avance del proceso
¿ Hacia dónde van los dioses cuando mueren?, van al mundo de los sueños donde resplandecen empapados de las tormentas que brotan de una lágrima, sus ropas azotan las tempestades nacidas de los suspiros del respirar de la noche. Los dioses al morir, vagan entre calles olvidadas y remontan laberintos de arenas movedizas, flotan ingrávidos en el líquido encefálico, nadan a través de los hilos palpitantes de la inteligencia de los dioses vivos.
Cada dios al morir va hacia un abismo de silencio que forma el centro de un huracán despiadado, destructor de la voz y de todas las palabras.
La luz enmudecida se dobla en reverencia ante su fuerza centrífuga que orada las hojas de mis libros, de tus libros. Allí yacen y germinan nuevos olimpos, cielos donde la muerte habla y la voz no muere. Más allá del universo. Al resguardo del tiempo. Muelles, blandos, sin eco. Vagan exiliados, olvidados, liberados de su origen. La mirada de la diosa madre se ha desvanecido ensu pasado tan eterno como el futuro. Su herencia disuelta en el todo, suspendidos al interior del nanomicrosegundo en que su nombre se abrazó con la eternidad.
Tois pási ho chrónos
kai kairós
to panti prágmati hypó ton uranón
Kai kairós
Kai kairós
Despuntaba el amanecer y la habitación permanecía aún colmada por las notas del Requiem para un amigo de Presnier. Esta había sido otra madrugada insomne, otro húmedo amanecer, otro sueño herido por los recuerdos, Jesús, para sí, seguía sus notas como si como si tratara de un karaoke:
Tou tekéin, tou aportanein
tou phyteúsai, tou ektilai to pepfyteuménon.
Kai kairos, kai kairos
tou apokteinai, tou iásasthai,
tou kathelin, tou oikodomein,
tou klúsai, tou gelásai,
tou kópsasthai, tou orhésasthai.
Kai kairós,
Kai kairós
Kai kairós, kai kairós
Se levanto de la silla donde había permanecido casi toda noche y, apoyándose en la Katana como si fuera un bastón, se acercó a la ventana para abrirla a la mañana, que húmeda y nublada, insistía en entrar a la habitación.
Afuera, por la empinada acera, al trote sobre la humedad de los adoquines, haciéndolos sonar con un timbre especial, bajaban los cascos de una pareja de burros al centro de la ciudad. Zigzagueando su existencia, ganándole a la pendiente la vida, de tumbo en tumbo, de banda en banda, como un barca acosada por la tormenta, por la acera de enfrente, subía un joven travestí acarreando su trasnochada existencia, intentando poner a salvo del arreciado temporal de su caminar, lo que tal vez sería el único alimento del dia, un vaso de café aun humeante en una mano y un par de sopaipillas en la otra.
Recorriendo con la mirada abajo la calle que despertaba al dia, Jesús entono por soleares, casi como un murmullo:
Tou balein lithous, tou sunagagein lithous,
tou zetésai, tou epolésai,
tou philáxai, tou ekbalein,
Kai kairós
Kai kairós
tou réxai, tou rápsai,
tou sigán, tou laleín,
touphilésai, tou misésai.
Kairós polémou, kairós eirénes ...
El recuerdo de Guillermo, de la forma violenta que tiene a veces la vida para hacer presente la inexorable finitud de la existencia lo habían llevado a reflexionar acerca de la consuetudinaria y metódica forma como se había encargado la vida de arrebatarle a quienes llegaba a querer, esa determinación del destino que ya podía llegar a pensar que se ensañaba con el,
“El dia amanece y anochece la vida, despierta al dolor y a la ausencia.
!Ay¡ dolorosa pena gitana,
!Ay¡ húmedos amaneceres como la soledad de las madonas,
¡Ay¡ los sueños heridos por insomnes madrugadas”